El túnel (1948) es la novela de Ernesto Sabato narrada por Juan Pablo Castel, un pintor que cuenta cómo mató a María Iribarne, la única persona que pareció entender una de sus obras. Desde la primera página se sabe cómo termina, y aun así, el desenlace es chocante e inesperado. Lo que el libro muestra es el camino: la sospecha, la vigilancia y la interpretación obsesiva de cada gesto, hasta que la imagen que Castel construye de María reemplaza a la mujer real.
Me torturaría después con calma
Desde el inicio del libro sabemos que habrá un crimen, y aun así, cuando ocurre, nos toma por sorpresa. Así pasa muchas veces en las relaciones tóxicas.
Esta pieza entra en la mente de Castel y en esa obsesión que confunde control con amor. María funciona como un contenedor vacío que él llena con su vigilancia, sus suposiciones y su necesidad de sentido. Ella debía existir como él la imaginaba: cualquier gesto suyo estaba, inevitablemente, relacionado con él.
Me torturaría después con calma
Desde el inicio del libro sabemos que habrá un crimen, y aun así, cuando ocurre, nos toma por sorpresa. Así pasa muchas veces en las relaciones tóxicas.
Esta pieza entra en la mente de Castel y en esa obsesión que confunde control con amor. María funciona como un contenedor vacío que él llena con su vigilancia, sus suposiciones y su necesidad de sentido. Ella debía existir como él la imaginaba: cualquier gesto suyo estaba, inevitablemente, relacionado con él.
Soñé con compartir con vos este mar y este cielo
Es una frase que María le dice a Castel. Mientras ella imagina un futuro compartido, él piensa en lo fácil que sería arrastrarla al acantilado.
Es una frase que María le dice a Castel. Mientras ella imagina un futuro compartido, él piensa en lo fácil que sería arrastrarla al acantilado.
Esta obra propone un desvío: no el final que impone la lógica de la obsesión, sino uno en el que la proyección no triunfa sobre el cuerpo ajeno. Aquí, compartir no conduce al abismo, sino a la separación necesaria. Existe una salida.